Filosofía y Psique: Sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt y los peligros de la normalidad

¿Qué es el mal?¿Porque las personas preferimos lo bueno a lo malo? ¿Hay alguna razón genética, psicológica o natural en las personas que “hacen el mal”? Cuando la mayoría de personas pensamos en la idea del mal, es posible que coincidamos en concebirla como un acto que dolosa y premeditadamente sea ejecutado por una persona o un grupo de personas bajo la intención voluntaria de hacer un daño a una persona o grupo de personas. Sin embargo, esto es bastante cuestionable, primeramente porque el “mal” es una condición que pocas veces se llevará a cabo buscando esa finalidad; por ejemplo, los grandes actos malvados que se han cometido a lo largo de la historia tienen como propósito algún beneficio, que interpretativamente parece bueno para un grupo de personas: desde la creación del circo romano, las cruzadas en Jerusalem, las conquistas o el holocausto nazi, todos estos actos no han sido motivados por la idea de llevar a cabo un acto malicioso per se, sino más bien buscar hacer algo “necesario” para los fines políticos, religiosos o sociales de cada época. Entonces, parece ser que el mal no es más que un error de juicio al tomar ciertas decisiones, o más bien aquello que podríamos definir como un acto malicioso es solo un acto que ejecutado por los protagonistas del mismo parece ser un bien(aunque este solo sea para un beneficio propio).
Es así como la reflexión sobre la idea del mal, necesita partir de un punto importante: ¿si el mal no es más que un error de interpretación dónde radica el origen del mismo? Esto es en los valores, específicamente aquel conjunto de estructuras mentales y conceptuales que determinan lo que es correcto e incorrecto para una época y geografía determinada. Por lo tanto, es ese sistema de valores lo que sostiene por un lado aquello que se puede considerar como bueno por un lado y por el otro lo malo; quizás esta observación pareciera ser simple, pero es constitutivamente importante porque nos permite profundizar en la relatividad moral que hay entre una perspectiva cultural entre una sociedad y otra; de ahí que en algunas culturas eructar puede ser un acto indeseable y grotesco, mientras que para otra pueda ser un halago a la gastronomía o también que en un grupo social por creencias religiosas el trato entre hombres y mujeres sea diferente por su condición de género. Hay que aclarar con esto que no quiere decir que haya una justificación para ningún uso o costumbre que conlleve el sometimiento por medio de la violencia, sin embargo eso no deja de lado que es un hecho que la realidad no se sostiene enteramente de la legalidad y que en una sociedad en la que algo no se ve como parte de la categoría de lo “malo” es difícil que pueda entenderse de esa forma. Entonces ¿qué es lo que determina lo bueno de lo malo en general? La normalidad, esta no es solo una herramienta estadística que nos da cuenta de las características con las que en un universo de elementos se presentan con mayor frecuencia ciertas características que otras, sino que la condición humana está determinada constantemente por aquello que se asume como parte de su normalidad. Imaginemos una sociedad en la que la normalidad fuese el consumo de los cadáveres de personas mayores para convertirlos en un producto alimenticio como el argumento de la película «Cuando el destino nos alcance» de Richard Fleischer; si este fuese el caso la normalidad que correspondería a esta situación conllevaría a diversas consecuencias culturales distintas respecto a nuestra normalidad: primeramente la necesidad de desapego por los cadáveres de las personas muertas, algo que se diferencia mucho de nuestra forma de pensar(algo menos en occidente), puesto que una persona muerta conlleva a tradiciones funerarias necesarias como parte de creencias religiosas y necesidades personales de las familias; en segunda, la deconstrucción sobre la idea de lo que implica el consumo de cuerpos humanos y por ende de uno de los tabúes más grandes de nuestra sociedad: el canibalismo; por último, la regulación de los cuerpos de tal forma en la que su descomposición no comprometiera la producción de alimentos. Está claro que a los ojos de nuestra configuración social actual, esta idea sería completamente descabellada, grotesca y problemática en distintos niveles, pero sobre todo es algo que vería mayormente se vería como algo malo; sin embargo ¿no es acaso la normalidad lo que determina lo que es correcto de lo incorrecto? Si fuera de esa manera no habría ningún delito ni crimen en hacerlo, siempre y cuando se adecúe a la convención de la normalidad social. Es por eso que actos que parecen ser justos pueden ser en esencia potencialmente «malos», como la justificación de acciones armamentistas por especulaciones de producción de armas nucleares o invasión de territorios y matanzas como las que en nuestra actualidad podemos atestiguar en Palestina.

La normalidad es la raíz de la maldad, es decir: el hecho de que algo sea considerado como normal lo hace peligrosamente más sencillo de digerir y por lo tanto lo convierte en un hecho justificable por su condición de normativo. En su libro Eichmann en Jerusalem, Hannah Arendt logra poner el foco en una fantasía que constantemente se ha sostenido sobre el mal, esto es: la idea de que el mal viene por parte de aquellos que desean cometer el mal a otros. Adolf Eichmann es un criminal de guerra que es capturado en argentina en 1960 y enjuiciado en Jerusalem en 1961, logra librarse se los juicios de Nuremberg, pero se crea un tribunal especial para llevar a cabo su jucio, Adolf llegaría a obtener el rango militar de obersturmbannführer en las SS, este estuvo a cargo de la operación “Solución final” en la que se encargó del transporte masivo de prisioneros judíos a campos de concentración, así como su participación en el Holocausto. Sin embargo, la observación más interesante de Arendt sobre Eichmann es que a diferencia de lo que la mayoría de personas pudieran creer sobre él como alguien malicioso, inteligente, perspicaz y predispuesto para la maldad; el tipo en verdad era alguien “monstruosamente normal” e incluso bastante ignorante. Por ello es indispensable primero preguntarnos: ¿Cual es la consecuencia de creer que la maldad es producto de una inteligencia superior? Primero es asumir que el acto basado en el mal está llevado a cabo desde la conciencia de que esto implicará un daño, por ende asumir la consecuencia de la responsabilidad de llevarlo a cabo; en segundo lugar, asumir que la intencionalidad del mal siempre será una condición necesaria para llevarlo a cabo, como si este fuera el producto de la deliberación de hacerlo acto; y en tercer lugar, considerar que el mal esta en una especie de «desviación» de las capacidades humanas, incluso llegando a asumirlo en casi una categoría de patología. Lo ultimo es una de las consecuencias mas peligrosas, porque es de ahí de donde surgen fantasías como la caricatura de los villanos de películas infantiles o la monstruosidad de las personas que en algún momento de la historia han cometido actos atroces, cuando en realidad estas acciones están sostenidas en una serie de condiciones estructurales que permiten que sea un caldo de cultivo para llevarlas a cabo. En nuestro país personajes como «Los monstruos de Ecatepec» lograron llevar a cabo sus crímenes a partir de la incapacidad del sistema de justicia y de investigación como para darle seguimiento a los casos de desaparición relacionados con el caso, a tal grado en el que durante 6 años estuvieron operando y asesinaron hasta 10 mujeres cometiendo actos de canibalismo también, sin embargo la normalidad de su contexto(entre abuso de drogas y condiciones marginales) hizo que pasara desapercibidos. Por lo tanto, es en la normalidad donde se cometen los actos mas atroces, es en lo que es común donde se llevan a cabo las monstruosidades; Eichmann es el ejemplo claro de esto, un hombre común, con ideas comunes, nada sobresaliente ni nada admirable, una persona que al tener un cargo con cierto grado de poder tomó decisiones que afectaron a miles de personas y se convirtió en parte de una historia de terror. Adolf, constantemente se justificó y defendió en el juicio bajo el concepto de «yo solo estaba cumpliendo ordenes», incluso se asumió a sí mismo como un «kantiano», asumiendo con eso que el deber moral que tenia era el de cumplir con su deber antes que cuestionarse la moralidad de los actos mismos que ejecutaba.

Por eso para Arendt la maldad esta asentada en esa banalidad, considerando el concepto como algo que pasa por algo trivial, banal o hasta tonto. Porque es en los actos mas banales donde se sostienen las practicas mas violentas, ese es el poder de la invilibilización, naturalización y la institucionalización, donde es fácil pasar por normal un acto en el que se esta afectando a una persona o a un grupo de personas. La maldad hasta cierto punto es un concepto que es fácil de caricaturizar, entendiendo el acto de volver «caricatura» a ese proceso por medio del cual asumimos ciertas cosas como una imagen o idea exagerada o deformada de la situación, si pensamos en las ideas que se tenían sobre Osama Bin Laden en el 2011 después del atentado de las torres gemelas, coincidiremos que la forma de caricaturizar su imagen fue hacia una idea de maldad en la que las ideas religiosas musulmanas estaban traslapadas con las ideas de grupos terroristas, haciendo que el islam y el terrorismo fueran prácticamente lo mismo. El problema de volver una situación compleja en algo caricaturizado es la simplificación del problema hasta el punto de volverlo algo irreal. Esto mismo ha pasado con las caricaturas de Hitler o Mussolini, donde lo que se sabe es solo una parte y por ende no hay una percepción completa sobre los factores que permitieron actos terribles como los acontecidos durante el holocausto. Es por ello que la manera mas practica de luchar contra esta forma de interpretacion de la realidad consiste en la practica del pensamiento critico, es decir hacer uso de nuestro razonamiento de forma incisiva para cuestionar toda aquella información y sacarla de conceptos estereotipados como «bueno» o «malo», con esto no quiere decir que se busquen justificaciones, sino que se reconozcan todos los factores involucrados en una situación determinada y que se rompa con ese ciclo de aceptar la inercia que conlleva la opinión popular.
Romper con las ideas de maldad vistas desde la trivialidad y la superficialidad es una tarea personal, que implica constantemente cuestionar los valores en los que hemos vivido de manera tradicional, permitiendo con eso el uso de conceptos mas específicos para evaluar la realidad y la toma de acciones congruentes con aquello que esta afectando o dañando a una o varias personas. Si bien no hay un mal absoluto ni un bien absoluto, existen matices en los que es difícil definirlos si no son puestos a examen y evaluados con rigor.
Bibliografía
1. Arendt, H. (2005). Eichmann en Jerusalen. Debolsillo.
2. Neiman, S. (2012). El Mal en el Pensamiento Moderno: Una Historia No Convencional de la Filosofia (F. Garrido, Trans.). Fondo de Cultura Economica.
3. Pierini, A. (1996). Pensamiento critico sobre derechos humanos. Eudeba.

Análisis: